Historia
Tenía apenas quince años cuando mi padre, de profesión ebanista quería construir algo suyo. Toda la vida construyendo y creando para los demás dejaba en él un sabor agridulce que le hacía anhelar construir algo propio.
El entorno del norte de España tiene todos los ingredientes para ser idílico, pero desde pequeño San Vicente de la Barquera fue mi pequeño paraíso, cuando mi padre decidió construirse su refugio a sólo diez minutos de la villa marinera, no dude un instante en apoyarle.
Aunque el fuerte de mi padre es domar las nobles maderas; piedra, hormigón, y estructuras no se le resisten. De fin de semana en fin de semana, fue moldeando un antiguo establo del siglo XVII en el precioso chalet que es hoy en día.
Los fines de semana, los meses y los años pasaban, y me iban haciendo mayor y la finca de La Molina iba tomando forma, cada casetón (enteramente de roble) tardaba en construirlos un fin de semana completo. Si algo no nos gustaba, lo rehacíamos, y digo nos, porque en esto no solo decía mi padre. Pero todo quedó como queríamos.
Diez años, uno tras otro, tardó mi padre en construir lo que es hoy la finca de La Molina, cada ventana, cada mueble, cada detalle, cada viga, refleja el sudor, arte, y esfuerzo de uno de los mejores ebanistas de Cantabria.
La finca La Molina es lugar de descanso en familia, lugar de encuentros con amigos, lugar de buen comer y de sueños interminables. Sin duda ha sido el lugar de encuentro que más hemos disfrutado.
Descansar sin ruido, desayunar al aire libre respirando sano, ir a la playa y volver a comer a La Molina, ha sido el mejor plan de los veranos durante los últimos años.
¿Quieres sentir lo mismo?...
